Un blog de la JR Santa Fe para celebrar la memoria de las libertades conquistadas y promover el debate acerca de las cuentas pendientes de la democracia.
sábado, 30 de octubre de 2010
El día que volvió la democracia, por Félix Luna
Venía yo de La Rioja con mi familia después de pasar unos días de descanso allí. Hicimos un alto en Córdoba en la casa de una parienta de mi mujer. Para cortar el viaje con algo grato les dije a todos los presentes que los invitaba a tomar un helado: de inmediato, una criadita de la casa donde estábamos- diez años a lo sumo-, salió como una flecha, abrió un bargueño, sacó algo y esperó a bajar con todos a la heladería.
Esto ocurría en el verano de 1978 y en un primer momento no advertí qué es lo que la chiquilina había sacado del mueble. Después me di cuenta: era su documento de identidad. Atención: la heladería en cuestión quedaba a media cuadra, estábamos en el centro de Córdoba y serían las cuatro de la tarde. Pero indudablemente la muchachita aquella tenía internalizada la obligación de llevar encima el documento, no más poner los pies en la calle aunque fuera por unos minutos.
Era uno de los tantos efectos de la dictadura entonces vigente. Hoy ni a aquella chinita ni a nadie se le ocurriría llevar su DNI para bajar a la calle. Pero en aquella época era lo normal, por lo menos lo que se esperaba de la gente. Este estado de sospecha, de vigilancia permanente, había calado hondo en la sociedad, imponiendo una sumisión que, para los gobernantes de la época, era sinónimo de orden. Todos estaban bajo sospecha, todos sabían que estaban bajo sospecha y esta sensación no era la menor de las consecuencias de la dictadura.
Así se estaba modelando una sociedad sumisa y pusilánime, preparada para apoyar cualquier aventura promovida desde el poder. Después de 25 años de vivir en democracia -aunque, lo reconozco, llena de defectos- digo que prefiero esta sociedad de ahora, protestona, tumultuosa y ardua a aquella que obligaba a una chiquilina de diez años a andar con su documento como un salvoconducto dentro de una ciudad sitiada.
Esta fue la sensación que tuve cuando Raúl Alfonsín asumió la presidencia y restauró la democracia con ese sólo hecho.
EL SENDERO PROYECTADO, POR RAÚL ALFONSÍN
La ocasión de aniversarios despierta generalmente la voluntad de ejercitar una mirada retrospectiva hacia los hechos que recordamos, en este caso con satisfacción, no por ser el 30 de octubre de 1983 el día de un triunfo electoral sino por ser el día de la celebración de las primeras elecciones después del largo túnel de la última dictadura militar.
Quizás el mayor motivo de satisfacción es que en estos 25 años que celebramos hemos trazado un destino que deja muy en claro hacia dónde no estamos dispuestos a volver los argentinos y hoy podemos afirmar con certeza que la dictadura militar que asoló nuestra República entre 1976 y 1983 fue, es y será la última. No seríamos sinceros si nos adjudicáramos este cambio de época: el espanto vivido, la aventura militarista de Malvinas y la comprobación de que las Fuerzas Armadas no son las que deban resolver los problemas que la política no sabe cómo atender son hechos fundamentales que hicieron del período que iniciamos en 1983 un tiempo fundacional.
Sin lugar a dudas, no somos nosotros los indicados para realizar un análisis objetivo de esta fecha: tampoco queremos hacerlo, sino transmitir de forma honesta y sin maniqueísmos nuestra visión, desde el conocimiento acabado del difícil contexto en el que se de-sarrolló nuestra acción de gobierno.
Gobernamos la Argentina que despertaba a la vida con la firme convicción de la necesidad de recrear la cultura democrática de nuestro país.
Nuestro horizonte es y ha sido una constante para nuestro accionar: instaurar en nuestro país un Estado legítimo. ¿Qué significa esto? Que deseábamos incorporar normas que, sin menoscabo para la libertad, promovieran y aseguraran una mayor igualdad. También queríamos incorporar en la política y en la sociedad un orden moral fundamental que vinculara cada vez más la ética al derecho y a la política, y ésta a la sociedad a través de la teoría del consenso. Valores que son, para utilizar la descripción de Germán Bidart Campos, aquellos “que hacen buena y deseable la convivencia social, o sea los que se realizan en y por las conductas sociales del hombre”. En esa dirección concentramos nuestros esfuerzos en un camino a todas luces sinuoso.
Sostuvimos el respeto a la ley y el nuestro fue el último gobierno que no hizo abuso de herramientas como los decretos de necesidad y urgencia y garantizamos la independencia y funcionamiento de los poderes.
Trabajamos por la justicia y la verdad, y llegamos más lejos que ninguna otra nación: juzgamos y condenamos a las cúpulas militares en un hecho que sigue siendo inédito en la humanidad.
Ejercitamos nuestra vocación de generar consensos, para terminar con la compartimentación de un país que atravesó 150 años de profundas e inconducentes divisiones, algunas de las que pretenden asomar en estos días de crispación. Para ello construimos un gobierno plural, donde no sólo había radicales tomando decisiones: compartimos el poder con peronistas, socialistas, demócratas cristianos e independientes y convocamos al Consejo para la Consolidación de la Democracia con mujeres y hombres de todas las fuerzas.
Dijimos en campaña que “con la democracia se come, se cura y se educa”: el Plan Alimentario Nacional, el Plan ABC, el Programa de Alfabetización premiado por la Unesco, la apertura de hospitales como el Garrahan y el Seguro Médico Universal que la oposición vetó en el Congreso son parte de lo que la democracia puede hacer para mejorar las condiciones de vida de los pueblos.
Todo lo que hicimos, con aciertos y muchos errores, lo hicimos en paz y en libertad.
Y si bien quedamos con cuentas pendientes, podemos decir satisfechos que cumplimos con nuestra principal meta: construir –mediante el diálogo, el consenso y la ética– una democracia para el Estado y la sociedad argentina, que trascienda nuestro gobierno y siente las bases de 100 años de paz y prosperidad para la Argentina.
Nos resta a todos la ciclópea tarea de hacer de la democracia la conjugación de libertad e igualdad, participación y solidaridad. Para ello debemos fortalecer las herramientas de la democracia que estamos construyendo entre todos.
Este es el sendero proyectado.
Quizás el mayor motivo de satisfacción es que en estos 25 años que celebramos hemos trazado un destino que deja muy en claro hacia dónde no estamos dispuestos a volver los argentinos y hoy podemos afirmar con certeza que la dictadura militar que asoló nuestra República entre 1976 y 1983 fue, es y será la última. No seríamos sinceros si nos adjudicáramos este cambio de época: el espanto vivido, la aventura militarista de Malvinas y la comprobación de que las Fuerzas Armadas no son las que deban resolver los problemas que la política no sabe cómo atender son hechos fundamentales que hicieron del período que iniciamos en 1983 un tiempo fundacional.
Sin lugar a dudas, no somos nosotros los indicados para realizar un análisis objetivo de esta fecha: tampoco queremos hacerlo, sino transmitir de forma honesta y sin maniqueísmos nuestra visión, desde el conocimiento acabado del difícil contexto en el que se de-sarrolló nuestra acción de gobierno.
Gobernamos la Argentina que despertaba a la vida con la firme convicción de la necesidad de recrear la cultura democrática de nuestro país.
Nuestro horizonte es y ha sido una constante para nuestro accionar: instaurar en nuestro país un Estado legítimo. ¿Qué significa esto? Que deseábamos incorporar normas que, sin menoscabo para la libertad, promovieran y aseguraran una mayor igualdad. También queríamos incorporar en la política y en la sociedad un orden moral fundamental que vinculara cada vez más la ética al derecho y a la política, y ésta a la sociedad a través de la teoría del consenso. Valores que son, para utilizar la descripción de Germán Bidart Campos, aquellos “que hacen buena y deseable la convivencia social, o sea los que se realizan en y por las conductas sociales del hombre”. En esa dirección concentramos nuestros esfuerzos en un camino a todas luces sinuoso.
Sostuvimos el respeto a la ley y el nuestro fue el último gobierno que no hizo abuso de herramientas como los decretos de necesidad y urgencia y garantizamos la independencia y funcionamiento de los poderes.
Trabajamos por la justicia y la verdad, y llegamos más lejos que ninguna otra nación: juzgamos y condenamos a las cúpulas militares en un hecho que sigue siendo inédito en la humanidad.
Ejercitamos nuestra vocación de generar consensos, para terminar con la compartimentación de un país que atravesó 150 años de profundas e inconducentes divisiones, algunas de las que pretenden asomar en estos días de crispación. Para ello construimos un gobierno plural, donde no sólo había radicales tomando decisiones: compartimos el poder con peronistas, socialistas, demócratas cristianos e independientes y convocamos al Consejo para la Consolidación de la Democracia con mujeres y hombres de todas las fuerzas.
Dijimos en campaña que “con la democracia se come, se cura y se educa”: el Plan Alimentario Nacional, el Plan ABC, el Programa de Alfabetización premiado por la Unesco, la apertura de hospitales como el Garrahan y el Seguro Médico Universal que la oposición vetó en el Congreso son parte de lo que la democracia puede hacer para mejorar las condiciones de vida de los pueblos.
Todo lo que hicimos, con aciertos y muchos errores, lo hicimos en paz y en libertad.
Y si bien quedamos con cuentas pendientes, podemos decir satisfechos que cumplimos con nuestra principal meta: construir –mediante el diálogo, el consenso y la ética– una democracia para el Estado y la sociedad argentina, que trascienda nuestro gobierno y siente las bases de 100 años de paz y prosperidad para la Argentina.
Nos resta a todos la ciclópea tarea de hacer de la democracia la conjugación de libertad e igualdad, participación y solidaridad. Para ello debemos fortalecer las herramientas de la democracia que estamos construyendo entre todos.
Este es el sendero proyectado.
martes, 26 de octubre de 2010
Carta de MIchelle Bachelet a Raúl Alfonsín
Señor Raúl Alfonsín
Ex Presidente de la República Argentina
Buenos Aires
Estimado Don Raúl:
Le hago llegar en este saludo la adhesión y el agradecimiento de millones de chilenos.
Nada es más justo, que este acto de reconocimiento que se le realiza. Usted es el padre de la nueva democracia argentina que ha cumplido 25 años, afianzándose en cada etapa, a pesar de las crisis y obstáculos económicos que su país ha enfrentado. Hoy tenemos la sensación cierta de que esta vez la consolidación democrática es estratégica y que no hay lugar para las involuciones autoritarias, tan costosas en el pasado.
Para una enorme cantidad de hombres y mujeres de América Latina en su persona se representan los valores que más apreciamos en un gobernante: liderazgo, conocimiento del mundo, dignidad y decencia. Si todos los Presidentes de nuestros países tuvieran esos atributos la vida de nuestra gente sería mucho mejor. Eso explica el respeto y la admiración que le guardan tanto sus partidarios como sus opositores.
Permítame transmitirle una palabra especial de gratitud por su valioso aporte a la recuperación de la democracia chilena. En las horas más decisivas para nuestro país, cuando afrontábamos el plebiscito de 1988, recibimos su consejo lúcido y oportuno, el apoyo para llevar adelante nuestras tareas y la generosa exhortación a muchos ciudadanos de su país para que cooperaran con quienes luchábamos por recuperar el imperio de la soberanía popular y los derechos humanos en Chile.
Gracias por lo mucho que ha hecho por Argentina y por nuestra América Latina.
Michelle Bachelet.
Santiago de Chile, octubre de 2008.
Ex Presidente de la República Argentina
Buenos Aires
Estimado Don Raúl:
Le hago llegar en este saludo la adhesión y el agradecimiento de millones de chilenos.
Nada es más justo, que este acto de reconocimiento que se le realiza. Usted es el padre de la nueva democracia argentina que ha cumplido 25 años, afianzándose en cada etapa, a pesar de las crisis y obstáculos económicos que su país ha enfrentado. Hoy tenemos la sensación cierta de que esta vez la consolidación democrática es estratégica y que no hay lugar para las involuciones autoritarias, tan costosas en el pasado.
Para una enorme cantidad de hombres y mujeres de América Latina en su persona se representan los valores que más apreciamos en un gobernante: liderazgo, conocimiento del mundo, dignidad y decencia. Si todos los Presidentes de nuestros países tuvieran esos atributos la vida de nuestra gente sería mucho mejor. Eso explica el respeto y la admiración que le guardan tanto sus partidarios como sus opositores.
Permítame transmitirle una palabra especial de gratitud por su valioso aporte a la recuperación de la democracia chilena. En las horas más decisivas para nuestro país, cuando afrontábamos el plebiscito de 1988, recibimos su consejo lúcido y oportuno, el apoyo para llevar adelante nuestras tareas y la generosa exhortación a muchos ciudadanos de su país para que cooperaran con quienes luchábamos por recuperar el imperio de la soberanía popular y los derechos humanos en Chile.
Gracias por lo mucho que ha hecho por Argentina y por nuestra América Latina.
Michelle Bachelet.
Santiago de Chile, octubre de 2008.
lunes, 25 de octubre de 2010
El candidato, en la intimidad de aquel 30 de Octubre. Por Carlos Quirós
Papi, que se siente?, pregunta la pequeña hija a Raúl Alfonsín. "Mucha responsabilidad", responde el candidato radical, recostado en una cama después de una breve siesta y a pocos minutos de las 18 cuando se irían conociendo los primeros resultados de la histórica contienda electoral. El escenario es la casa quinta de Don Torcuato, en San Vicente, donde había decidido aguardar los datos de la votación, junto a sus familiares y a éste periodista especialmente invitado, luego de un rico asado. Sucedió hace 25 años, el 30 de octubre de 1983.
Eran las 18 cuando Alfonsín me invitó a tomar un café en el parque de la quinta, con lo oídos puestos, en los relatos aún escasos del escrutinio, desde una radio portátil. El candidato se incorporó y se alejó respondiendo a un llamado telefónico de un correligionario. Cuando pocos minutos después regresó a la mesa redonda que compartíamos, le di la primera noticia de las urnas. "Raúl, está ganando por lejos en la Antártida". Dibujó una sonrisa pícara y respondió; "Carece de importancia, esperemos los datos de La Matanza".
Estas fueron las primera horas de intimidad mía con Alfonsín y su familia y algunos de sus colaboradores en aquella emblemática fecha de un cuarto de siglo atrás. Al anochecer, a medida que las cifras del escrutinio hacía indiscutible el triunfo del líder radical, la casa quinta se fue poblando de dirigentes de la UCR que asociaban la victoria del presidente electo con el triunfo de diputados y senadores para la nueva democracia, Jesús Rodríguez, Leopoldo Moreau. Federico Storani, Coti Nosiglia, Mario Losada, Osvaldo Alvarez Guerrero, Adolfo Gaas, junto al vicepresidente Víctor Martínez.
Fue este pelotón que encabezó una larga marcha, aquel 30 de octubre, junto a miles de militantes de la Juventud Radical, que desde la quinta de San Vicente, en caravana, se trasladó al Comité Nacional de la UCR, al grito constante de "Siga, siga, siga el baile, al compás del tamboril, democracia para siempre, de la mano de Alfonsín".
El estribillo goza de buena salud, ya que queda demostrado que estos 25 años de democracia sin interrupciones de facto, suman el período más largo de lo siglos XX y el inicial XXI . Este periodista tuvo el privilegio de acompañar al postulante radical en toda su campaña electoral desde 1982 hasta el final de octubre de 1983, tanto en la contienda interna frente al candidato radical Luis León, al que venció categóricamente, como al postulante justicialista, Italo Luder, con el 52 por ciento de los votos.
Recuerdo que en el medio de la campaña electoral de la UCR, el líder del PJ, Luder, que aún no había comenzado su propia contienda, me invitó a almorzar en un restaurante de lacalle Corrientes . Quería saber cómo le iba a Alfonsín en su tarea de convencer al electorado en su gira por todos los distritos del país.
El sabía, por mis notas en este diario, que yo lo acompañaba como cronista desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego, internándonos por los pueblitos mas modestos de todo el país. "A esta altura de la campaña, Alfonsín parece una bola de nieve, sus actos concentran cada vez mas gente", comenté. Luder dibujó una sonrisa sobradora y me respondió "Cuando se ponga en movimiento, en pocos días, la maquinaria peronista, se acaba esa fantasía".
Eran las 18 cuando Alfonsín me invitó a tomar un café en el parque de la quinta, con lo oídos puestos, en los relatos aún escasos del escrutinio, desde una radio portátil. El candidato se incorporó y se alejó respondiendo a un llamado telefónico de un correligionario. Cuando pocos minutos después regresó a la mesa redonda que compartíamos, le di la primera noticia de las urnas. "Raúl, está ganando por lejos en la Antártida". Dibujó una sonrisa pícara y respondió; "Carece de importancia, esperemos los datos de La Matanza".
Estas fueron las primera horas de intimidad mía con Alfonsín y su familia y algunos de sus colaboradores en aquella emblemática fecha de un cuarto de siglo atrás. Al anochecer, a medida que las cifras del escrutinio hacía indiscutible el triunfo del líder radical, la casa quinta se fue poblando de dirigentes de la UCR que asociaban la victoria del presidente electo con el triunfo de diputados y senadores para la nueva democracia, Jesús Rodríguez, Leopoldo Moreau. Federico Storani, Coti Nosiglia, Mario Losada, Osvaldo Alvarez Guerrero, Adolfo Gaas, junto al vicepresidente Víctor Martínez.
Fue este pelotón que encabezó una larga marcha, aquel 30 de octubre, junto a miles de militantes de la Juventud Radical, que desde la quinta de San Vicente, en caravana, se trasladó al Comité Nacional de la UCR, al grito constante de "Siga, siga, siga el baile, al compás del tamboril, democracia para siempre, de la mano de Alfonsín".
El estribillo goza de buena salud, ya que queda demostrado que estos 25 años de democracia sin interrupciones de facto, suman el período más largo de lo siglos XX y el inicial XXI . Este periodista tuvo el privilegio de acompañar al postulante radical en toda su campaña electoral desde 1982 hasta el final de octubre de 1983, tanto en la contienda interna frente al candidato radical Luis León, al que venció categóricamente, como al postulante justicialista, Italo Luder, con el 52 por ciento de los votos.
Recuerdo que en el medio de la campaña electoral de la UCR, el líder del PJ, Luder, que aún no había comenzado su propia contienda, me invitó a almorzar en un restaurante de la
El sabía, por mis notas en este diario, que yo lo acompañaba como cronista desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego, internándonos por los pueblitos mas modestos de todo el país. "A esta altura de la campaña, Alfonsín parece una bola de nieve, sus actos concentran cada vez mas gente", comenté. Luder dibujó una sonrisa sobradora y me respondió "Cuando se ponga en movimiento, en pocos días, la maquinaria peronista, se acaba esa fantasía".
Aquel 30 de Octubre de 1983, por Raúl Alfonsín
Los argentinos llegamos a los primeros 25 años de vida en democracia: nunca antes atravesamos un período de imperio de la libertad, paz e institucionalidad tan extenso y, por ello, nunca antes habíamos tenido ocasión de aprehender con tanta intensidad los valores intrínsecos del orden democrático.
Sin lugar a dudas, en 1983 sentamos las bases de ese aprendizaje, iniciando la transición hacia la democracia. Cuando decíamos que “con la democracia se come, se cura y se educa”, estábamos diciéndole al país que mientras no se garantizaran los derechos sociales básicos –como el acceso al alimento, la salud y la educación–, la democracia que comenzábamos a construir hace 25 años no sería completa.
Ése es nuestro horizonte: avanzar del estado que Robert Dahl denomina “poliarquía” hacia mayores grados de libertad e igualdad, lo que llamamos “Estado legítimo”.
En este camino de transición hacia la democracia, estos 25 años han marcado avances y retrocesos, con momentos de esperanza y otros de zozobra. Sin embargo, en ese lapso el pueblo rechazó las aventuras alocadas de los que nos ofrecían volver al pasado de violencia y autoritarismo.
El dolor de lo vivido nos hizo aprender ferozmente la diferencia entre la vida y la muerte, y felizmente, para las próximas generaciones, la diferencia entre la democracia y la dictadura.
Parece poco, pero nos costó más de 50 años de alternancia cívico-militar entender que el pueblo, y sólo el pueblo, es capaz de decidir su destino y que, como sosteníamos en 1983, las grandes mayorías no tienen derecho a permanecer en silencio.
Nos tocó encarar la reconstrucción del edificio republicano, dañado por las constantes y repetidas apariciones en escena del “partido militar”, restañar las heridas de un pueblo golpeado por la tragedia y la violencia, recrear el sentido de la justicia y la memoria, recuperar la vocación del consenso pisoteada por la costumbre de la patota, reinstaurarnos en un mundo dividido y tensionado por la guerra fría, tender una mano solidaria y reparadora hacia los cada vez más argentinos expulsados por el neoconservadurismo importado en los tristes años que precedieron nuestra gestión, en la convicción de que –como sostuvimos ante las Naciones Unidas– no hay paz sin pan, como tampoco hay pan sin paz.
Encaramos, los argentinos todos, la ciclópea tarea de reinventar una cultura democrática en la Argentina.
Con esas premisas, desarrollamos el gobierno de la transición. Pusimos en marcha diversas iniciativas en todos los campos para empezar a poner en movimiento esos objetivos fundantes, algunas implementadas en su totalidad, otras de forma parcial y algunas truncadas por una oposición que creyó que así debilitaba a un partido y terminó debilitando a la transición: la primera ley de la democracia –la 23.040– derogó la autoamnistía militar que respaldaba el actual oficialismo; creamos la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y en una decisión inédita en la humanidad, nuestra Justiciajuzgó y condenó a las cúpulas militares, según las responsabilidades diferenciales que habíamos planteado en nuestra campaña; impulsamos el crédito hipotecario como nunca antes; otorgamos el Plan Alimentario Nacional a 1.500.000 familias, que no sólo recibieron alimento sino que pudieron acceder a servicios básicos a través de programas como el ProAgua; llevamos adelante programas educativos de reconocimiento internacional como el Plan Nacional de Alfabetización y el Programa ABC; desarrollamos la producción científica y la investigación; construimos hospitales y propusimos un seguro de salud para todos los argentinos rechazado por la oposición; democratizamos las universidades; impulsamos la producción y el asociativismo (más de 8.000 nuevas cooperativas se crearon en nuestro gobierno); convocamos a todas las fuerzas políticas al Consejo para la Consolidación de la Democracia; pusimos definitivo punto a la visión de nuestros vecinos americanos como enemigos; suscribimos la paz con Chile, refrendada por la mayoría del pueblo y creamos lo que hoy es el Mercosur junto al presidente Sarney, de Brasil; dirigimos nuestra política exterior hacia la amistad con todos los pueblos, el respeto hacia su autodeterminación y la cooperación Sur-Sur…
Nos tocó gobernar en uno de los peores contextos internacionales, con una sociedad que estaba despertando de las peores pesadillas y con un aparato corporativo que se resistía a la idea de que el poder reside en el pueblo, oposición y sindicatos que actuaron en forma de ariete para recuperar el poder. También, y sería deshonesto negarlo, con nuestras propias flaquezas y debilidades.
Sin embargo, gobernamos la transición con honradez y con sentido nacional, en paz y libertad y con el claro rumbo de la democracia social hacia un Estado legítimo.
En 1989, cuando debimos entregar el gobierno de forma anticipada, existía un recalentamiento de la situación política artificialmente producido. Visto ahora, desde la distancia que nos otorga el tiempo, confirmamos lo que creíamos en aquel entonces: con un siete por ciento de desocupación, con libertades individuales plenamente garantizadas, con una infatigable voluntad de diálogo hacia todos los partidos de la oposición y con la firme decisión de entregar el gobierno a mi sucesor con el mayor espíritu de colaboración, en esas condiciones se produjo un estallido que no dejó otro camino que acelerar el traspaso del poder.
Asaltos a supermercados, paros parciales cotidianos, huelgas generales, violencia callejera, pedidos del justicialismo para que yo renunciara y discursos que originaban corridas bancarias fueron el detonante. El hambre y la desocupación eran los principales argumentos. Pocos años después, la administración que me sucedió llevó la desocupación al veinte por ciento, cerraron cientos de fábricas, la marginalidad se extendió como una epidemia social, más de la mitad de la población quedó por debajo de la línea de pobreza y se instaló una grave corrupción. Todo eso sin que se produjera estallido alguno.
En este contexto, 25 años después estamos conformes con lo hecho. Seguimos caminando hacia una democracia plena con los mismos valores que enunciamos y practicamos, satisfechos de saber –como sostiene Santiago Kovadloff– que el logro radical no fue que la transición se haya dado en los términos anhelados sino, llanamente, en que se haya dado.
Conscientes de las enormes deudas que aún tenemos, pero orgullosos de haber puesto la piedra basal de la democracia para siempre en la Argentina.
Sin lugar a dudas, en 1983 sentamos las bases de ese aprendizaje, iniciando la transición hacia la democracia. Cuando decíamos que “con la democracia se come, se cura y se educa”, estábamos diciéndole al país que mientras no se garantizaran los derechos sociales básicos –como el acceso al alimento, la salud y la educación–, la democracia que comenzábamos a construir hace 25 años no sería completa.
Ése es nuestro horizonte: avanzar del estado que Robert Dahl denomina “poliarquía” hacia mayores grados de libertad e igualdad, lo que llamamos “Estado legítimo”.
En este camino de transición hacia la democracia, estos 25 años han marcado avances y retrocesos, con momentos de esperanza y otros de zozobra. Sin embargo, en ese lapso el pueblo rechazó las aventuras alocadas de los que nos ofrecían volver al pasado de violencia y autoritarismo.
El dolor de lo vivido nos hizo aprender ferozmente la diferencia entre la vida y la muerte, y felizmente, para las próximas generaciones, la diferencia entre la democracia y la dictadura.
Parece poco, pero nos costó más de 50 años de alternancia cívico-militar entender que el pueblo, y sólo el pueblo, es capaz de decidir su destino y que, como sosteníamos en 1983, las grandes mayorías no tienen derecho a permanecer en silencio.
Nos tocó encarar la reconstrucción del edificio republicano, dañado por las constantes y repetidas apariciones en escena del “partido militar”, restañar las heridas de un pueblo golpeado por la tragedia y la violencia, recrear el sentido de la justicia y la memoria, recuperar la vocación del consenso pisoteada por la costumbre de la patota, reinstaurarnos en un mundo dividido y tensionado por la guerra fría, tender una mano solidaria y reparadora hacia los cada vez más argentinos expulsados por el neoconservadurismo importado en los tristes años que precedieron nuestra gestión, en la convicción de que –como sostuvimos ante las Naciones Unidas– no hay paz sin pan, como tampoco hay pan sin paz.
Encaramos, los argentinos todos, la ciclópea tarea de reinventar una cultura democrática en la Argentina.
Con esas premisas, desarrollamos el gobierno de la transición. Pusimos en marcha diversas iniciativas en todos los campos para empezar a poner en movimiento esos objetivos fundantes, algunas implementadas en su totalidad, otras de forma parcial y algunas truncadas por una oposición que creyó que así debilitaba a un partido y terminó debilitando a la transición: la primera ley de la democracia –la 23.040– derogó la autoamnistía militar que respaldaba el actual oficialismo; creamos la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y en una decisión inédita en la humanidad, nuestra Justiciajuzgó y condenó a las cúpulas militares, según las responsabilidades diferenciales que habíamos planteado en nuestra campaña; impulsamos el crédito hipotecario como nunca antes; otorgamos el Plan Alimentario Nacional a 1.500.000 familias, que no sólo recibieron alimento sino que pudieron acceder a servicios básicos a través de programas como el ProAgua; llevamos adelante programas educativos de reconocimiento internacional como el Plan Nacional de Alfabetización y el Programa ABC; desarrollamos la producción científica y la investigación; construimos hospitales y propusimos un seguro de salud para todos los argentinos rechazado por la oposición; democratizamos las universidades; impulsamos la producción y el asociativismo (más de 8.000 nuevas cooperativas se crearon en nuestro gobierno); convocamos a todas las fuerzas políticas al Consejo para la Consolidación de la Democracia; pusimos definitivo punto a la visión de nuestros vecinos americanos como enemigos; suscribimos la paz con Chile, refrendada por la mayoría del pueblo y creamos lo que hoy es el Mercosur junto al presidente Sarney, de Brasil; dirigimos nuestra política exterior hacia la amistad con todos los pueblos, el respeto hacia su autodeterminación y la cooperación Sur-Sur…
Nos tocó gobernar en uno de los peores contextos internacionales, con una sociedad que estaba despertando de las peores pesadillas y con un aparato corporativo que se resistía a la idea de que el poder reside en el pueblo, oposición y sindicatos que actuaron en forma de ariete para recuperar el poder. También, y sería deshonesto negarlo, con nuestras propias flaquezas y debilidades.
Sin embargo, gobernamos la transición con honradez y con sentido nacional, en paz y libertad y con el claro rumbo de la democracia social hacia un Estado legítimo.
En 1989, cuando debimos entregar el gobierno de forma anticipada, existía un recalentamiento de la situación política artificialmente producido. Visto ahora, desde la distancia que nos otorga el tiempo, confirmamos lo que creíamos en aquel entonces: con un siete por ciento de desocupación, con libertades individuales plenamente garantizadas, con una infatigable voluntad de diálogo hacia todos los partidos de la oposición y con la firme decisión de entregar el gobierno a mi sucesor con el mayor espíritu de colaboración, en esas condiciones se produjo un estallido que no dejó otro camino que acelerar el traspaso del poder.
Asaltos a supermercados, paros parciales cotidianos, huelgas generales, violencia callejera, pedidos del justicialismo para que yo renunciara y discursos que originaban corridas bancarias fueron el detonante. El hambre y la desocupación eran los principales argumentos. Pocos años después, la administración que me sucedió llevó la desocupación al veinte por ciento, cerraron cientos de fábricas, la marginalidad se extendió como una epidemia social, más de la mitad de la población quedó por debajo de la línea de pobreza y se instaló una grave corrupción. Todo eso sin que se produjera estallido alguno.
En este contexto, 25 años después estamos conformes con lo hecho. Seguimos caminando hacia una democracia plena con los mismos valores que enunciamos y practicamos, satisfechos de saber –como sostiene Santiago Kovadloff– que el logro radical no fue que la transición se haya dado en los términos anhelados sino, llanamente, en que se haya dado.
Conscientes de las enormes deudas que aún tenemos, pero orgullosos de haber puesto la piedra basal de la democracia para siempre en la Argentina.
BIENVENIDOS!
Desde la Juventud Radical de Santa Fe armamos este blog, en el 27° aniversario de la recuperación de la democracia, con la voluntad de abrir, a través de él, un espacio de memoria histórica y debate acerca del rol de nuestra generación, la primera que nunca vivió una dictadura, en la construcción de la democracia social para la Argentina.
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